lunes, 12 de marzo de 2012

Aves marítimas y otros fenómenos.

Las palabras que no perduran en el tintero,
que salen antes de tiempo
y son horriblemente penalizadas.

Las palabras que ya no soñamos,
o que quizá olvidamos al despertar,
esas palabras que ya no te acompañan
a cada paso por nuestras frías calles.

Calles tuyas y calles mías, calles nuestras,
frías, inertes, inundadas cuando llueve.
Llenas de gente con tristes coreografías,
se mueven al son de las horas marcadas
por las agujas del reloj al final de la calle (en la estación).

Los trenes salen y entran,
hacen un ruido espantoso,
hacen que nos apartemos.
Su espantosa apariencia mecanizada,
estilizada por el paso de los años,
Qué coraje da la modernidad.

El tiempo pasa inevitablemente,
nos hace avanzar, nos deja estancados;
vemos, a cada segundo, el caer de la arena,
el resistir del tiempo.

Se derriten las iglesias que nos observan
con temerosos cardenales en sus torres
que nos juzgan con sus catalejos y la palabra de Dios.

Caen pilares, las piedras se rompen,
el mundo se recompone en el más temible caos.
Tú me miras, sonríes, te apartas, corres.
Yo te miro, me extraño, te llamo y corro.

Tus faldas al vuelo,
tus estelas de amor;
el eco de mis pasos,
el sueño de un ruiseñor.

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